
Nuremberg Un duelo psicológico potente en el corazón del juicio histórico
Presentada en el Festival de San Sebastián tras su estreno mundial en el Toronto International Film Festival, Nuremberg se ha consolidado como una de las películas históricas más comentadas de la temporada. Dirigida y escrita por James Vanderbilt —más conocido por su trabajo como guionista en Zodiac— la película parte del libro The Nazi and the Psychiatrist de Jack El-Hai para explorar, desde dentro, la psicología humana en uno de los momentos más complejos de la historia moderna: los Juicios de Núremberg.

James Vanderbilt, con una trayectoria marcada por el thriller intelectual y el cine basado en hechos reales (Zodiac, Truth), vuelve a poner en primer plano la tensión entre razón y moralidad. En San Sebastián, su paso por la alfombra roja y la rueda de prensa posterior al pase se tornaron especialmente intensos, cuando el director destacó que la película —basada en el texto de El-Hai— no solo reconstruye hechos históricos, sino que “lamentablemente seguirá siendo oportuna en el futuro”, recordándonos que la lucha entre justicia y venganza sigue vigente en el presente.
Además, Vanderbilt explicó en esa misma rueda de prensa su decisión de incorporar metraje original de los campos de concentración proyectado durante las sesiones de juicio: no como un recurso sensacionalista, sino como un recordatorio desnudo de la realidad que subyace detrás de toda dramatización. Esta elección —sencilla, cruda, desprovista de música o artificios técnicos— busca confrontar al espectador con el horror sin mediaciones, casi de la misma manera que lo vivieron los propios protagonistas históricos.
Antes de llegar a San Sebastián, Nuremberg debutó en Toronto con una ovación de pie que se prolongó durante varios minutos, una de las más largas en la historia reciente del festival y un claro síntoma de la potencia con la que la película resonó en audiencias especializadas.
El núcleo emocional y dramático de Nuremberg es, sin duda, la relación entre Hermann Göring (Russell Crowe) y el psiquiatra Douglas M. Kelley (Rami Malek). Más allá de una simple confrontación narrativa, estos personajes encarnan polos opuestos que se atraen y repelen, alimentando la tensión psicológica que sostiene todo el metraje.
Russell Crowe, en el papel de Hermann Göring, ofrece una actuación que muchos críticos han descrito como una de sus más potentes en años: un líder nazi carismático, inteligente y manipulador, capaz de seducir al espectador con una mezcla inquietante de encanto y malevolencia, un juego constante que complica cualquier lectura simplista del mal.
Rami Malek, por su parte, se adentra en un terreno distinto: el de Douglas Kelley, el psiquiatra estadounidense encargado de evaluar psicológicamente a los altos cargos nazis antes y durante los juicios. Malek construye a Kelley como un hombre complejo, ambivalente: inteligente, carismático y a la vez vulnerado por sus propias contradicciones internas. Su aproximación —que mezcla rigor profesional con las grietas de un idealismo que puede confundirse con oportunismo— convierte a Kelley en un personaje fascinante por derecho propio.

La dinámica entre Crowe y Malek funciona como un contrapunto permanente: mientras Göring es la figura dominante, siempre consciente de su magnetismo y capaz de manipular, Kelley representa a alguien que intenta comprender aquello que es, por definición, incomprensible. El choque de estilos interpretativos —la fuerza arrolladora de Crowe frente a la ambigüedad contenida de Malek— crea una tensión dramática que alimenta buena parte del conflicto central de la película y hace que cada escena compartida sea una pequeña batalla psicológica.
Desde su estreno, Russell Crowe ha sido objeto de especulación en torno a la temporada de premios, y no sin razón: su transformación física y la complejidad de su retrato de Göring han sido destacados tanto por críticos como por audiencias. El papel reúne muchos de los elementos que suelen atraer a la Academia: un personaje histórico cargado de matices, una actuación física y psicológicamente demandante, y una película que aspira a debatir sobre la justicia y el peso de la Historia.
En cuanto a Rami Malek, si bien algunas críticas han sido más divisivas —algunos medios señalaron una interpretación demasiado teatral o poco matizada— hay también quien aplaude su compromiso emocional con el personaje y la forma en que sostiene el arco dramático de Kelley. Eso, más el hecho de que Malek ha trabajado profundamente con profesionales reales para dar autenticidad a su papel, sugiere que podría generar conversación en categorías de apoyo si la narrativa de premios se amplía más allá de Crowe.

CONCLUSIÓN TXP
Nuremberg es más que un drama histórico: es un encuentro entre dos visiones del alma humana, encarnadas en dos actuaciones que dialogan constantemente entre sí y con el espectador. La dirección de Vanderbilt, rigorosa, reflexiva y decidida a confrontar la historia sin concesiones, la ovación unánime en festivales, la visión literaria que la inspira y el uso de material documental auténtico conforman una película exigente y provocadora, capaz de plantear preguntas más que ofrecer respuestas.
Una obra que, más allá de su valor cinematográfico, invita a pensar sobre la justicia, la memoria y nuestra propia responsabilidad al enfrentar los legados del pasado.



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