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DISFORIA

Pepo Nágera
10 abr
3 min de lectura

Actualizado: 11 abr


Disforia inauguró el TerrorMolins 2025, y lo hizo después del cortometraje Stomach Bug —una pequeña joya BAFTA que ya nos dejó el cuerpo raro, como corresponde a este festival—.



Luego vino el plato fuerte: la ópera prima de Christopher Cartagena, adaptación de la novela de David Jasso, que nos mete de lleno en un mundo donde la desesperanza, los suicidios en masa y la apatía son la norma.


En medio del apocalipsis emocional, Esther (Fariba Sheikhan) se refugia con su marido Thomas (Eloy Azorín) y su hija Sai (Noah Casas) en una casa familiar que pretenden vender. Pero, claro, esto es TerrorMolins: si alguien dice “solo venimos a pasar la noche”, algo va a salir mal. Muy mal.


Un trío protagonista en estado de gracia

El gran acierto de Disforia está en su trío principal. Fariba Sheikhan borda el papel de madre al límite, atrapada entre la culpa, la enfermedad y el miedo. Claudia Salas se confirma como una de las villanas más potentes que ha dado el terror patrio en los últimos años —magnética, inquietante y con una energía que te descoloca desde el minuto uno—. Y Noah Casas, como la hija pequeña, aporta esa mezcla de inocencia y mal rollo que hace que cada plano suyo duela un poquito más.



Cartagena demuestra oficio y ganas, sobre todo cuando el caos se desata. El guion, firmado junto a Joan-Pol Argenter e Imanol Ortiz López, no tiene miedo de lanzarse a la piscina (aunque a veces salpique más de la cuenta), y eso se agradece.

Disforia abraza el espíritu festivalero, y lo hace con intensidad, garra y un par de secuencias —la de la cocina y la de la bañera— que ya apuntan a clásico del mal rollo.


■ La opinion de Vic Mc Gil

Una peli independiente y disfrutona, de esas que se atreven a jugar con el género sin perder la cara de serie B que tanto nos gusta. Disforia consigue exprimir un poquito el terreno de la snuff movie y, si le das cariño, te devuelve momentos perturbadores muy chulos.


Mi “palico” va para los productores, que a veces parecen olvidar que su trabajo también es poner orden entre tanta pasión creativa. En el Q&A de presentación en TerrorMolins pedían “¡más género!” al director, pero ojo, que si echas de todo al gin-tonic (pepino, romero, fresas, apio…), al final no sabe bien.


Hay demasiadas ideas que molan, pero algunas se quedan colgadas: la máscara de la niña, la depresión de la madre, el mundo apocalíptico… No hace falta tanto para reflejar una sociedad enferma por consumir violencia; ahí están Tesis o Videodrome para demostrarlo.



■ La opinion de Pepo

Disforia no da miedo de golpe: se te mete debajo de la piel y se queda ahí, arañando. Christopher Cartagena construye un thriller psicológico que ahoga más por lo que calla que por lo que enseña, y eso tiene mérito.


El peso del drama recae en Claudia Salas y Fariba Sheikhan, que lo dan absolutamente todo. Físicamente agotadas, emocionalmente en carne viva, sostienen el derrumbe de una familia… y de una sociedad que ya solo sabe mirar el horror a través del móvil.


Porque Disforia no va solo de miedo: va del miedo a desaparecer, del vacío disfrazado de entretenimiento, de la empatía que se disuelve entre filtros y likes.


Oscura, intensa y actual, la peli convierte el horror psicológico en un espejo incómodo. Y qué bien que lo haga.


CONCLUSIÓN TPX

fumata blanca


Con Disforia, Christopher Cartagena se lanza al vacío con una ópera prima que combina ambición, emoción y mucho mal cuerpo. A veces peca de exceso, sí, pero bendito exceso cuando se nota el amor por el género.


Una película imperfecta pero valiente, de las que hacen ruido y dejan huella. Desde aquí le deseamos una larga vida festivalera y, con suerte, un buen hogar en plataformas.


Porque si algo demuestra Disforia, es que el terror español sigue vivo, retorcido y con ganas de molestar (como debe ser). ■






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